Cada cortina, cada utensilio, cada gota de sangre derramada en el Tabernáculo apuntaba al Cordero de Dios. Cuando Cristo gritó "Consumado es", el velo del Templo se rasgó de arriba abajo: el camino al Santísimo quedó abierto para siempre. Hoy, Dios ya no habita en tiendas hechas por manos humanas — habita en Cristo, y por Cristo, en nosotros. Entrad con confianza, por la sangre de Jesús.